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Boletín ICCI
"RIMAY"

Publicación mensual del Instituto Científico de Culturas Indígenas.
Año 3, No. 28, julio del 2001

Editorial

Las amenazas de la globalización


El discurso de la globalización se ha convertido en aquello que el sociólogo francés Pierre Bourdieu denominaba "discurso fuerte". Bajo sus coordenadas pretenden justificarse y legitimarse posiciones de poder que responden a los intereses de las grandes empresas transnacionales, los capitales financieros, y los gobiernos de los países más fuertes.

Se utiliza ahora la noción de "globalización", más como una construcción ideológica que apela al cumplimiento de un destino inexorable, que como una producción histórica humana susceptible de ser transformada, que compete a todos los pueblos y que en tal virtud necesita de la participación de todos.

Pero a medida que el discurso de la globalización, y a su interior se insisten en sus bondades de liberalización e integración humana a nivel mundial, los países más poderosos se vuelven cada vez más proteccionistas, cierran sus fronteras y controlan el flujo de personas, evitando el ingreso de aquellos considerados como no necesarios para sus economías.

Así, presenciamos el escenario paradójico de un discurso que habla de la necesidad de liberalizar los mercados al mismo tiempo que impone trabas a la circulación de personas. El mundo que propone la ideología de la globalización es un mundo contradictorio, atravesado de graves conflictividades, de profundas tensiones y desgarraduras.

Ese mundo al que ahora hemos denominado como un mundo globalizado excluye de los supuestos beneficios de la globalización a una gran parte de la población del planeta, hace de los poderosos más poderosos aún y clausura toda posibilidad de una vida digna a cerca de tres cuartas partes de la población de nuestro planeta.

La globalización, tal como se está conformando en el momento actual, es un proceso de exclusión autoritario y violento. Porque no solo que impone sus reglas de juego en todas partes, sino que amenaza con la expulsión a todos aquellos que no adscriban sus códigos civilizatorios.

Así por ejemplo, la misma concepción de pobreza se articula dentro de estos códigos civilizatorios. Son pobres los pueblos que no alcanzan el nivel de consumo de los países considerados como más ricos. La pobreza se mide dentro de los parámetros del consumidor y de la formación categorial del homo económicus. Para evitar ser pobre hay que tener un mínimo de consumo. La utopía que deviene de esta concepción es la de un mundo formado por consumidores, y el planeta transformado en un gigantesco mall.

Pero estos niveles de consumo están agotando las posibilidades físicas de nuestro entorno y se constituyen en una de las amenazas más serias que tiene el hombre al momento. Desde aquel informe del Club de Roma de los años setenta, a las nuevas corrientes de la deep ecology, (ecología profunda), la ecología política, etc., existe la convicción cada vez más creciente de que si el nivel actual de consumo de los países ricos continúa, el planeta tiene los días contados. Los niveles de contaminación, destrucción ecológica, degradación ambiental ponen en serio riesgo el hábitat humano. La amenaza es real y se convierte en un peligro inminente dada la posición actual del gobierno norteamericano de denunciar los acuerdos alcanzados en Kyoto.

En realidad, el mundo globalizado es un mundo depredador en el cual la noción de acumulación es central, y es justamente en virtud de esta noción que se construyen las relaciones humanas e históricas. La acumulación significa que jamás se tendrá suficiente y que dadas las actuales relaciones de poder del sistema, siempre habrá una utilización estratégica de la necesidad. No importa cuánto se tenga, o cuánto se posea, en realidad, siempre hará falta más. La noción de acumulación, inherente a la matriz epistemológica del sistema capitalista, es un verdadero agujero negro que anula las posibilidades de sustentabilidad, o de respeto a los demás o a la naturaleza. Es por ello que el discurso de la globalización cuando hace referencia al crecimiento, en realidad está proponiendo la idea de la acumulación en términos capitalistas a pueblos y naciones que están fuera de esa concepción.

La instrumentalización política de la acumulación se ha dado últimamente a partir de la idea del desarrollo. Es necesario desarrollar a los pueblos atrasados. A la idea del desarrollo se le ha adscrito, sobre todo después del Consenso de Washington, la idea de la modernización, entendida ésta como la posibilidad de que las sociedades sean eficientes y racionales, y se convierten en eficientes a medida que la regulación social la asumen los individuos que adoptan decisiones racionales (rational choice) dentro del mercado.

Pero aquello que convierte al discurso de la globalización en una amenaza para la historia actual es su apuesta por la homogenización de la diversidad humana bajo las nociones de consumo capitalista, ganancia y acumulación. Pueblos enteros son considerados como pueblos marginales porque no han interiorizado los códigos civilizatorios del capitalismo. Son pueblos que la globalización los ha condenado a desaparecer, porque los considera ineficientes, no racionales, ineficaces. Son pueblos que no tienen cabida dentro del actual pensamiento dominante.

Empero de ello, hay elementos esperanzadores dentro de ese panorama totalitario de la globalización, y es la emergencia de una conciencia cada vez más comprometida con los problemas del mundo, más cosmopolita en la acepción original del término. Es la emergencia de un compromiso que rebasa las fronteras de los Estados-nación, y se constituye en una ciudadanía global en el sentido más humano del término.

Aquellos que cuestionan la globalización, no por sus intenciones de unir dentro de un solo proyecto a todos los hombres, sino por la deriva autoritaria y adscrita a los parámetros del sistema capitalista, en realidad están contribuyendo a la conformación de una democracia de tipo nuevo, que rebasa los contenidos del estado nación y que incorpora nuevos elementos de responsabilidad social, de compromiso humano y solidario.

Porque la disidencia es fundamental en la construcción de toda obra humana. Son los disidentes, aquellos que entran en confrontación con lo establecido aquellos que prefiguran nuevos horizontes de posibilidades para la historia humana, los que quizá indiquen en la hora actual ese mundo que debería ser y al que deberíamos integrar dentro de nuestros horizontes de acción.

La globalización ha visto la emergencia de numerosos sectores sociales, que conforman un abigarrado y heterogéneo movimiento social que se construye a nivel mundial. Ese movimiento social es un producto novedoso en la historia humana. Es la primera vez que tantas voluntades humanas se juntan, desde los más variados rincones del planeta, para expresar su rechazo y proponer nuevas voces al discurso oficial de la globalización.

Aquel joven que fue asesinado en la ciudad italiana de Génova, mientras manifestaba en contra de la globalización y del encuentro de los países más ricos del mundo, es ahora un signo y un símbolo. Es un signo de los contenidos violentos y represivos que está asumiendo cada vez con más fuerza el proyecto de la globalización, y es un símbolo de resistencia a ese proyecto.

Ese compromiso por construir una ciudadanía con contenidos diferentes y que piense en el destino de todos, independientemente de su nacionalidad, se ha constituido en el principal obstáculo que el discurso de la globalización encuentra ahora. Se intenta por todos los medios posibles deslegitimar esas manifestaciones en contra de la globalización, y se ha acuñado un nuevo nombre aquel de globalifóbicos. Se trata en definitiva de la lógica de o se está con nosotros o en contra de nosotros. Quienes están por la globalización estarían por la eficiencia y la racionalidad del mercado. Aquellos que se oponen expresarían corrientes tradicionalistas, que se oponen a la modernidad, al crecimiento, al desarrollo. Tal es la justificación, teóricamente pobre por lo demás, en contra del cada vez creciente movimiento antiglobalización.

Pero estos movimientos están logrando lo inconcebible, están aislando a los sectores más poderosos del mundo dentro de círculos literalmente atrincherados, como fue el caso de la muralla construida en Québec, o aquella de Génova, y obligándolos a debatir con la sociedad civil mundial emergente. Es un signo de los tiempos que aquellos que hablan de la globalización tengan que hacerlo en fortalezas amuralladas, rodeadas de miles de policías, con muros de varios metros de alto, mientras a su alrededor se multiplican las voces, las marchas, las manifestaciones.

Es un signo de los tiempos que ahora son cada vez menos las ciudades y pueblos que quieren albergar a aquellos que hablan a nombre de la humanidad, de la globalización. Génova, la más reciente ciudad en la que se llevó la reunión de los gobiernos más ricos del mundo, después de esta reunión es una ciudad fracturada, dolida, conmocionada. Para esta ciudad este encuentro fue una experiencia amarga que quisiera borrarla de su memoria. Cada vez hay más pueblos que dicen y expresan lo mismo: la globalización, tal como se está construyendo, tal como se está imponiendo, es una amenaza para la democracia, para la ciudadanía, para la diferencia, en definitiva, para el hombre.


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